SEAN BIENVENIDOS TODOS ESOS CIUDADANOS DEL MUNDO

lunes 9 de noviembre de 2009

Hambre

Las paredes aún se sentían llenas de odio, la tensa calma entre dos personas que no tienen nada más que decirse, el cansancio de ser odiado y de odiar a muerte hasta con los dientes.

Ella miró entonces hacia el pequeño gato que yacía tirado sobre la alfombra bajo la mesa de centro, primero con hambre, luego con furia, pensó en arrancarle la piel a mordidas, sazonarlo con sal.

Continuó mirándolo por largo rato desde el sillón donde se encontraba largamente apostada mordiéndose con calma una uña. Armando fue a la cocina, tenía sed, escuchó un ruido. Cuando volvió a la sala, ella estaba de pie, lo miró y caminó rumbo a la puerta con decisión, se detuvo un minuto ante ella, sosteniendo con fuerza la perilla hasta volver roja la palma de su mano, lo miró de nuevo y exclamó entre dientes: ¡T’ngo hambr-rre! Cerró la puerta tras de sí, haciendo coro con la triste voz de Armando que decía: “Yo también” al momento que nervioso sostenía en su débil mano izquierda un pedacito de la patita peluda de su gato Motita.

viernes 9 de octubre de 2009

Lo de hoy.... extrañas cosas que no necesariamente me importan

OBAMA PREMIO NOBEL DE LA PAZ
MARGE SIMPSON EN PLAYBOY
MÁS DE 33°C
UNA ESPINA DE PESCADO ATRAPADA EN MI PALADAR INFERIOR
EL CABELLO SE ME CAE
NO HAY AGUA
OBVIAMENTE NADA LE PEGÓ A LA LUNA
ESTOY ADELGAZANDO

sábado 2 de mayo de 2009

Día de descanso...

Sofía despertó con un ligero dolor de cabeza, del tipo de los que se dan al despertar mucho antes o mucho después del momento exacto en el que se debería hacer. Los ojos le dolieron al abrirlos. Eran las 12:30 de la tarde, se alarmó, pero casi de inmediato recordó que era miércoles, su día de descanso, por lo que se quedó ahí, bajo las sábanas, acostada de forma irregular sobre la cama, un pie colgando, un brazo sobre la frente, mirando al techo. El dolor disminuía conforme se sacudía el sueño. Empezó a maquinar su plan del día, una lista mental y rápida de lo que le faltaba por hacer: limpiar el baño, lavar la ropa, comprar comida, limpiar la pecera, llamar a su madre, salir a comer con Luisa, cenar con Gabriel, llamar a Francisco, decirle a Luis que lo mejor era darse un tiempo y conocer a otras personas, llamar a Julián y hacerse el mudo, después volver a llamarlo y gritarle que siempre será un hijo de puta, enviar un correo electrónico con copia oculta a Sonia, Francisco, René, Susana y Toño con un te quiero y nunca cambies, barrer la entrada, lavar los trastes... cuando llegó a este punto, su pensamiento se quedó colgando del cortinero que miraba, en las palabras que le había dicho Julio ayer por la noche antes de dormir, cuando la llamó enojado por haberlo dejado esperando afuera del cine: "Yo lo he hecho de todo por tí, haría de todo por tí, conociste a alguien más ¿no es así?"... Sofía sonrió y dejó escapar un amargo ¡Sí, claaaaro! al momento que se quitaba las sábanas de encima y se incorporaba sobre la cama. Suspiró, pasó las manos por su cara, se recogió el cabello, y caminó hacia el baño.
El baño olía a humedad, se veían manchas cafés por varios de los rincones, el espejo estaba sucio y salpicado de pasta de dientes, jabón de tocador, shampoo, gel, lápiz labial, y lo que parecía ser restos del relleno de una hamburguesa. Sofía se quedo mirando su rostro ojeroso pero lindo mientras sonreía... se estaba acordando de lo que le había dicho Julián alguna vez, antes de que lo encontrara con aquella fulana que había sido una de sus tantas amantes: "yo nunca te engañaría".
Abrió la regadera, hizo un recuento de todo lo que debía hacer ese día, pensando en que seguramente se le había olvidado algo importante aunque por más que pensara, no se le ocurriera qué pudiese ser y se quedó bajo la regadera casi media hora, pensando en casi nada más que en el agua que corría por su piel hacia la coladera llena de restos de algo que no podía adivinar qué era.
Al salir, resbaló y estuvo a punto de caer al suelo, se llevó un buen susto, pero después de lograr mantener el equilibrio, se echó a reír. Ya en su cama, mientras secaba su cabello con una toalla que no se podría decir que estuviera impecable, miraba las noticias de la tarde, algo sobre un accidente de autos, al parecer murieron dos niños pequeños. Se sintió mal y la apagó, terminó de vestirse y se peinó frente al espejo del baño. Ya eran las tres cuando se puso su reloj de pulsera, el que le había regalado Toño cuando cumplieron dos años de casados. Terminó y fue hacia la sala, juntó todas sus cosas y las guardó una por una en su bolsa, una cosa enorme de un color rojo indecente: su celular, su Notebook, una pluma, su bolsa de maquillaje, un espejo, un cepillo, una muda de ropa, y su SIG-Sauer P220, un regalo que Liliana le había traído de Suiza, sacó sus llaves, dió un vistazo a la casa y desaseguró cerrojo por cerrojo hasta que pudo abrir la puerta, le sopló un beso a la imagen de una virgen de cabeza que tenía junto a la ventana, y salió.
Por el pasillo y las escaleras, el sonido de sus tacones era lo único que se oía. Y su imagen de mujer fatal, de tacones altos, vestidito rojo y piernas largas era como un delirio atravesando verticalmente la pureza del blanco y tranquilo edificio de departamentos. Al salir del edificio, miró a ambos lados de la calle y sacó de su bolso una hoja de papel donde había anotado todo lo que tenía que hacer en orden de prioridades:

1. Visitar a mi madre (3 balas)
2. De la alacena de mi madre, tomar prestados unas latas de frijoles negros
3. Checar si tiene jabón, papel higiénico o dinero
4. Ver a Luisa en el café Solitude a las 5:30
5. Ir de compras
6. Cenar en casa de Daniel (1 bala)
7. Limpiar el baño de Daniel
8. Llamadas
9. E-mails
10. Cambiar el agua de la pecera
10. Hacer una lista de lo que queda pendiente para la próxima semana

jueves 30 de abril de 2009

La pesadez de las manos


"OCIO" por esta que escribe

Incómodos mis dedos en el teclado de plástico, nostalgia del sonido de una máquina de escribir y de los olores contundentes y dramáticos que solía tener aquella que tenía y me robaron cuando la llevé a reparar.
Atrapada en la incredulidad del que piensa más allá de sus narices y no con ellas. Algo huele mal, Viene de la casa del vecino, huele a pintura de colores brillantes.
Es la historia de un niño que corre sin parar y se detiene en un poste a bailar, es de noche, mira su sombra moverse en el piso, está descalzo.
Cuentan que las manos de Lucía no eran suaves ni hermosas.
Ellos dicen que las cosas verdes son siempre agradables. Yo no lo creo, pienso en el moho, aunque me agrada, pienso también en tus ojos que trato de olvidar cuando te miro cerrarlos y gritar.
Las manos me pesan. Se cansan tan sólo de pensar que tienen que hacer algo. escribir algo que signifique algo... contar cómo se siente el calor en los oídos o entre los dedos del pie. Qué sensación es aquella que siente la piel cuando suda el alcohol de la madrugada anterior, contarte qué es lo que piensan las cervezas calientes acostadas en la mesa: no lo volveré a hacer.

jueves 26 de marzo de 2009

Mujer cruzando la calle

"solitude" por esta que escribe

Lleva más de un minuto tratando de cruzar la calle, no es que los automóviles no la dejen cruzar, aunque tampoco le ceden el paso, a ella le gustan esos momentos, tomarse su tiempo para cruzar la calle, sin peligro, aunque se siente incómoda cuando la gente la mira o cuando gente que iba, regresa y la ve en el mismo lugar... deben pensar que soy tonta, se dice a sí misma, pero lo olvida pronto observando atenta la calle, a las personas correr, a los autos avanzar. A veces pasa que los conductores quieren ser amables y dejarla cruzar, cuando esto sucede, ella debe de ser agradecida y aceptar, aunque eso no le gusta mucho, pues debe apresurar el paso para no parecer presumida y maleducada. Otras veces, le gritan algo a toda velocidad, esto no le gusta, su espera tan larga para cruzar la calle, la deja expuesta a comentarios de todo tipo, desde los que la hacen sonreír: bonita¡ hasta los que le dan asco: mamacita¡ Prefiere cruzar calles de noche, se siente menos expuesta a la atención de la gente. Ahora la vemos, hay viento, su cabello se mueve bajo la gorrita gris que desenfadadamente viste, llora en silencio, sólo quien realmente la observara se daría cuenta, no hace ruido, y se mueve como si estuviera un poco cansada, pero no como si llorara, por eso nadie lo nota y porque ella no quiere que lo noten, también por eso nadie lo nota, no está segura de cuanto esperar para cruzar la calle, los autos parecen atacarla, se siente peor, quiere cruzar pero no puede, se da por vencida, luego camina unos pasos, está cansada, se detiene, llora fuerte.

lunes 23 de marzo de 2009

Lo que piensas cuando despiertas

"pantalones rojos" por esta que escribe

Desperté y el cielo se había ido.
Existe un frío que sólo aparece cuando me acuerdo.
Me acuerdo de muchas cosas siempre, pero cuando me acuerdo de algunas el frío me llena las uñas y las pinta de violáceo, duelen un poco, como cuando uno se machuca fuerte. Esta vez me acuerdo de unos pantalones que usé mucho por ahí de cuando tenía 20 años, eran rojos, de pana, y me gustaba mucho usarlos, tanto, que los que me conocían no podían recordarme de otra manera, claro, había quien los detestaba, entre ellos, Miranda.
El cielo sigue sin aparecer.
Me veo a mí misma sentada en el pasillo grande de una casa, la luz encendida, afuera llueve, parece que hay más personas, sostengo un vaso rojo en la mano que al parecer está a la mitad, huele a alcohol con jugo de piña. Chicos y chicas caminan por el pasillo de un lado a otro, sonriendo, escucho a lo lejos que cantan una canción, que alguien sube el volumen, parece que todos son felices. Alguien se acerca, dice algo, se sienta, es Miranda.
No encuentro el sol, quizá ya es de noche.
En mi cabeza repaso lo que pensé ese día acostada en la cama con tu cuerpo sobre mí. Recuerdo haber creido, por una hora, que estaríamos siempre juntas.
No veo la luna, supongo que simplemente no hay cielo hoy, no sé por qué me sorprendí.
No encuentro las llaves, quizá no deba salir, no me he bañado, pero ya es tarde, o eso creo, además, tengo frío y no he comprado el gas.

viernes 13 de marzo de 2009

Fetish

'Maniquí', de Man Ray

Mi dedo torpe choca contra el cristal. Me han visto.
Corro.
Llego a casa.
A obscuras encuentro mi alma tirada donde la dejé.
Miro con dificultad mi dedo índice, la uña no sobrevivió.
El agua corre, está fría, no he comprado el gas.
Subo el interruptor, nada, no he pagado la luz.
En el refrigerador, una cerveza tibia.
Nadie llamó. Lo mismo.
El piso, sucio.
Hojeo las revistas, no siento nada.
Recargado en la pared me acuerdo de ella, sus pelucas, sus posturas, el dedo que le falta, suspiro, me exito aunque esté demasiado cansado para hacer algo al respecto.
Prendo la pipa, me gusta ese olor, fumo lo suficiente y la apago.
Miro a mi alrededor y me confieso a mí mismo que a veces doy escalofríos.
Son las doce y ya tengo sueño, canto.

domingo 8 de marzo de 2009

De noche...

FOTO: DF/ext-noche
por Antonio Bandini en flickr

La ciudad se transforma, se mueve y nosotros permanecemos fijos, formas contundentes sobre los edificios que se derriten, los autos esquizofrénicos y las inhumanas gentes que se alejan en espasmos trastornados por las luces de un semáforo, se oye el organillero desde la distancia con lo normal y básico, encuentro la genialidad de una ciudad de noche, luces, colores, gente y basura, olores inconfundibles y confusos, el ruido desatado y libre de una ciudad de noche caminada por nosotros.

viernes 6 de marzo de 2009

Peso


Foto: Cielo nublado con un grosero sol metiche
por esta que escribe en flickr



viernes 20 de febrero de 2009

El tiempo



"Yo canto"
foto: La que escribe, en flickr

Cuando me dí cuenta, porque a veces me doy cuenta de las cosas, ya era, como dicen, demasiado tarde, su saliva estaba sobre mis labios como lapa sobre leche dejada en un vaso lleno por más de un día, pero era lo que yo quería. Nunca lo admití, en ese momento pensaba que era estúpido admitir lo obvio. Cuando lo vi por primera vez, me pareció un tipo con ciertas cualidades, para nada despreciables, físicas e intelectuales, por entonces ya hacían más de dos años desde que no me topaba con alguien que despertara una mínima curiosidad en mí, menos como la que despertaron en mi cabeza esos ojos chispeantes, redondos y negros que parpadeaban mientras hablaba sobre cuestiones que tienen que ver con el paso del tiempo, recuerdo que me pareció una persona lista pero demasiado confianzuda. Mis problemas para relacionarme con las personas, no son un secreto, por lo menos para mí, me siento incómoda cuando alguien que no me conoce por más de un minuto comienza a dirigirse a mí por el diminutivo de mi nombre de pila o intenta abrazarme o tocarme para reafirmar su plática, esto, para mi desgracia ocurre casi siempre que conozco a alguien, no sé qué cara pondré que las personas logran sentir una confianza de viejos amigos o queridos hermanos en cuestión de pocos minutos. Me mira los labios y yo miro que los mira, sigue muy cerca de mí, quiere volver a hacerlo, estoy segura, yo también quisiera. No me dice nada, yo tampoco. Hace un rato también me hablaba muy cerca, mirándome a los ojos, en segundos supe que pasaría algo y yo sonreía como tonta en celo, supongo, no lo sé de cierto, no había nadie cerca que pudiera decírmelo, pero lo sentí, sentí aquello que siente la gente cuando es feliz. Cuando dejó de besarme, también lo sentí, pero sentí además otra cosa, algo así como un espanto. Un vacío que me dejaba seca, sus labios parecían enormes y quería que me mataran. En eso, desperté, eran las siete con diez minutos, hacía sólo dos minutos que había dormido, hace poco menos de uno, había sido feliz.

domingo 8 de febrero de 2009

Laura (ejercicio_borrador para volver a escribir)

Resuelta, animada, sonriente, Laura se miraba en el espejo del baño, asegurándose de eliminar los pelitos sobrantes en su casi perfecta ceja derecha, haciendo caras que a la mayoría de la, digamos, gente, parecerían graciosas o quizá grotescas e innecesarias. De las bocinas de la computadora, desde el cuarto contiguo, un sonido aturdidor y exasperante, muy lejos de lo que alguien, digamos, normal, escucharía a las seis de la mañana mientras se prepara para empezar la semana, en caso de que como casi todos, su semana empiece en lunes. Laura recibía todos los días quejas de los vecinos, pensaban que debía estar loca o que algo raro hacía para escuchar semejantes ruidos, que no música, cada mañana en tanto todos los demás moradores del lugar luchan por levantarse de la cama y continuar con sus, en algunos casos, patéticas vidas. Laura estaba un poco sorda. Para muchos de los seres humanos que conocían a Laura, ella era, por demás una chica rara, linda, de mirada brillante, chispeante, de voz profunda, inteligente, glamourosa y en fin, una chica joven, tenía tan solo 26 años, con todo que ganar. Digo que para los seres humanos que la conocían, porque Laura tendía a relacionarse con los objetos de igual manera que se relacionaba con las personas, les tenía confianza, se enojaba con ellos, los consideraba de la familia o les dejaba de dirigir la palabra. Laura no estaba loca. Había alcanzado un nivel de conexión más amplio con todo lo que le rodeaba, incluso con los objetos "muertos" por los que ella sentía respeto y agradecimiento, no a sus creadores humanos sino a los propios objetos que llenaban su pequeño departamento. En cuanto terminó de maquillarse de manera que quien la observase no percibiera que llevaba algo de maquillaje, salió del cuarto de baño y comenzó a localizar sus cosas esparcidas por toda la sala, su llavero, sus libros, su cartera, su discman, su celular y algunas cosas que ella pensaba que podría necesitar a lo largo del día, las metía una a una o en grupo, según las recolectaba, dentro de un amplio bolso de piel negro, gastado y sin bolsillos, tomó su chamarra de siempre y la guardo para más tarde, era marzo y aún en la madrugada hacía calor. Se había vestido con un atuendo, que como todos los de inicio de semana, hacían evidente que era el primer día: impecable, planchado el pantalón, de corte juvenil pero formal, color discreto pero sofisticado, ligero y fácil de llevar, una blusa púrpura sin una sola pelusita que estropeara la visión relajada pero limpia de quien disfruta de las temporadas de calor y de su amplia gama de posibilidades para una buena renovación del guardarropa, aunque llevaba puestos unos tenis, éstos estaban implecables, casi como nuevos, el color y el modelo elegidos especialmente para que, una vez junto, todo el conjunto llevara a quien lo notara, una sensación de ligereza y libertad. Su cabello, así como la delicadeza de su maquillaje, también era, para quien observaba a Laura todos los días, un recordatorio de que era lunes: su cabello quebrado y largo estaba recogido al parecer descuidadamente, dejando al descubierto sus pequeñas y delicadas orejas de las que pendían unos aretes largos y llamativos de colores casi iguales a los de su atuendo. Toda ella, vestida así, con la sonrisa amplia y gentil, y los ojos brillantes y grandes parpadeando como si estuvieran felices de estar vivos, parecía una imagen en cámara lenta, caminando.