Resuelta, animada, sonriente, Laura se miraba en el espejo del baño, asegurándose de eliminar los pelitos sobrantes en su casi perfecta ceja derecha, haciendo caras que a la mayoría de la, digamos, gente, parecerían graciosas o quizá grotescas e innecesarias. De las bocinas de la computadora, desde el cuarto contiguo, un sonido aturdidor y exasperante, muy lejos de lo que alguien, digamos, normal, escucharía a las seis de la mañana mientras se prepara para empezar la semana, en caso de que como casi todos, su semana empiece en lunes. Laura recibía todos los días quejas de los vecinos, pensaban que debía estar loca o que algo raro hacía para escuchar semejantes ruidos, que no música, cada mañana en tanto todos los demás moradores del lugar luchan por levantarse de la cama y continuar con sus, en algunos casos, patéticas vidas. Laura estaba un poco sorda. Para muchos de los seres humanos que conocían a Laura, ella era, por demás una chica rara, linda, de mirada brillante, chispeante, de voz profunda, inteligente, glamourosa y en fin, una chica joven, tenía tan solo 26 años, con todo que ganar. Digo que para los seres humanos que la conocían, porque Laura tendía a relacionarse con los objetos de igual manera que se relacionaba con las personas, les tenía confianza, se enojaba con ellos, los consideraba de la familia o les dejaba de dirigir la palabra. Laura no estaba loca. Había alcanzado un nivel de conexión más amplio con todo lo que le rodeaba, incluso con los objetos "muertos" por los que ella sentía respeto y agradecimiento, no a sus creadores humanos sino a los propios objetos que llenaban su pequeño departamento. En cuanto terminó de maquillarse de manera que quien la observase no percibiera que llevaba algo de maquillaje, salió del cuarto de baño y comenzó a localizar sus cosas esparcidas por toda la sala, su llavero, sus libros, su cartera, su discman, su celular y algunas cosas que ella pensaba que podría necesitar a lo largo del día, las metía una a una o en grupo, según las recolectaba, dentro de un amplio bolso de piel negro, gastado y sin bolsillos, tomó su chamarra de siempre y la guardo para más tarde, era marzo y aún en la madrugada hacía calor. Se había vestido con un atuendo, que como todos los de inicio de semana, hacían evidente que era el primer día: impecable, planchado el pantalón, de corte juvenil pero formal, color discreto pero sofisticado, ligero y fácil de llevar, una blusa púrpura sin una sola pelusita que estropeara la visión relajada pero limpia de quien disfruta de las temporadas de calor y de su amplia gama de posibilidades para una buena renovación del guardarropa, aunque llevaba puestos unos tenis, éstos estaban implecables, casi como nuevos, el color y el modelo elegidos especialmente para que, una vez junto, todo el conjunto llevara a quien lo notara, una sensación de ligereza y libertad. Su cabello, así como la delicadeza de su maquillaje, también era, para quien observaba a Laura todos los días, un recordatorio de que era lunes: su cabello quebrado y largo estaba recogido al parecer descuidadamente, dejando al descubierto sus pequeñas y delicadas orejas de las que pendían unos aretes largos y llamativos de colores casi iguales a los de su atuendo. Toda ella, vestida así, con la sonrisa amplia y gentil, y los ojos brillantes y grandes parpadeando como si estuvieran felices de estar vivos, parecía una imagen en cámara lenta, caminando.
2 delirios enfermos:
Muchas gracias.
He pegado una recorrida por el blog, por tu perfil, por tus links ..... y todo me ha gustado mucho.
Quería que lo supieras.
Es un bonito relato, de verdad, con tu particular estilo, cuasi mágico...
Me encanta...
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