Siempre ganaba yo, bueno, casi siempre. Gilberto a veces se aburría y buscábamos cosas que hacer, éramos pequeños y fuera de ir al escuela, hacer algún mandado para las tías o la abuela, o terminar la tarea, teníamos mucho tiempo libre, nos gustaba dibujar y comparar dibujos, a veces dibujábamos lo mismo a ver quién lo hacía mejor, Gilberto siempre me ganaba en eso, nos divertíamos, éramos felices.
Casi no peleábamos, pero cuando sucedía, uno siempre daba su mano a torcer, generalmente él, aunque cuando yo le hacía algo, él tardaba mucho en perdonarme. Yo le decía "¡córtalas!" y él me decía que no, se ponía triste, pero ya después lograba haciéndome algunos favores, que fuéramos amigos de nuevo, y entonces decíamos: "¡pégalas!" y hacíamos cómo que nuestros dedos se volvían a unir, realmente nunca entendimos de dónde venía aquello de "cortar", pero los demás niños lo hacían y empezamos a usarlo también, aunque como nosotros pensábamos que era.
Pero, como decía, si era yo la que le hacía algo, él tardaba mucho en perdonarme, podía pasar semanas sin dirigirme la palabra, y entonces yo me ponía triste, y me enojaba con él, le hacía alguna maldad para demostrarle que no me importaba, y entonces lo empeoraba todo, pero bueno, luego ya me daba por vencida y jugaba yo sola en el patio, y cuando él sentía que ya había sido demasiado el castigo, entonces ya, salía y empezaba a jugar conmigo, yo le seguía la corriente, volvíamos a ser amigos, todo como antes, sin rencores.
Un día estábamos en el callejón lleno de moho donde jugábamos a las canicas, o bueno, pretendíamos jugar a las canicas, ninguno de los dos sabía jugar, pero a los dos nos fascinaban las canicas, las coleccionábamos, yo le conté algo gracioso, algo de lo que me acordé en ese instante, él también se rió mucho, tanto, que comenzó a ponerse rojo y no pudo respirar de la risa, hasta que empezó a llorar un poco y me dijo que me callara porque sino se iba a "ahogar", yo me callaba porque a mí también me dolía ya la panza de tanto reír, me esperaba a que se calmara y retomara su color normal, y entonces, cuando ya parecía reponerse, repetía el chiste y le añadía algo más gracioso aún y él se botaba de la risa, hasta que mi mamá salía y me decía que se iba a morir que ya no me riera, y entonces mi mamá se contagiaba y se reía de nosotros. Cuando se ponía serio y me pedía que ya no dijera nada más, paraba, siempre tuve miedo de que se muriera de la risa.
Recuerdo un día que me preguntó si quería jugar con él, yo le dije que sí, pero que a qué, él tampoco sabía, entonces le dije que viéramos quién podía dejar de parpadear por más tiempo, me dijo que va, y empezamos, cerramos los ojos, contamos hasta tres, y los abrimos, nos miramos atentos, para que el otro no hiciera trampa, y al fin, no pudo más, yo había ganado, sonrío y se quedó pensando, luego me dijo emocionado: quien aguante más veces ¿va?, le dije que sí, y así seguimos hasta que le gané unas 14 a 5 y fuimos a comer gajitos de mandarina con yoghurt de fresa.
1 delirios enfermos:
Esos retos de la infancia no dejan de ser... sólo que al crecer se convierten en otras cosas (del a ver quién puede beber más tequila, al a ver quién termina primero los reportes para salir primero).
Publicar un comentario