Aún seguía la tormenta eléctrica cuando finalmente cerré los ojos.
Padecía insomnio desde hace poco más de un mes y no había signo alguno de que pudiera dormir en las noches por venir, sin embargo, ese día decidí que era suficiente.
El día entero fue un día de esos que a las personas les da por llamar “lindos” o “bellos” o bueno quizá sólo yo lo percibiera así, fue un día caluroso pero con un viento agradable y la noche trajo consigo una tormenta eléctrica muy luminosa pero no así estruendosa lo cual me pareció extraño, el sonido de los relámpagos parecía apagado por algo, como cuando alguien cubre la boca de su amante tapando sus gritos de placer.
En la escuela no había hecho mas que dar unas cuantas vueltas en el transporte interno de la universidad. Estaba muy cansado para poner atención en algo. Y no te preocupes, sí asistí a la clase que tenía, pues no requiere, para mi buena suerte, de “mucha ciencia”. Mis compañeros trataban de hacer plática pero yo no podía poner buena cara y antes de que comenzarán a indagar el por qué, me despedí cuando ya estaba a un metro de distancia de ellos con un gritito de nos vemos mañana y un movimiento breve, casi inexistente, de mi mano izquierda. No quise irme de inmediato a mi casa y fue cuando pasé mucho tiempo de ruta en ruta por el campus, sentado junto a la ventana. Vi a los chicos como yo, universitarios, felices, solos, tristes, de todo. No sentía nada en particular. Tenía sueño.
Mi mochila en la espalda pesaba demasiado, poco parecía importar que sólo trajera un par de libros, un diccionario, un par de hojas blancas dobladas en cuatro y una pluma, supongo que es por eso del insomnio. Cuando bajé de mi último paseo casi caigo al suelo. No intenté impedirlo. En unos cuantos segundos llegué a la conclusión de que estaba bien si caía y me quedaba tendido en el suelo, inmóvil, es más, lo deseaba. Ya sabes que no caí, te dije que casi lo hacía. Un chico que bajaba después de mí logró sostenerme de un brazo e impidió que cayera. Le di las gracias como mi mamá me enseñó a hacerlo, bueno de hecho mi madre nunca me enseñó decir gracias, sólo lo aprendí, se sentía bien decirlo y que te lo dijeran. Te dije que mi mamá me lo enseñó en un sentido figurado, te entiendo y te apoyo si piensas que fue un mal chiste, lo sé, no lo discutiré.
El chico se alejó no sin antes asegurarse de que todo estaba bien, se fue un poco preocupado, seguramente no me veía del todo bien. Me quedé otros minutos sentado en una banca. Pensaba en aquel chico y lo inusual que era encontrarse con personas como él. Pude sonreír. Mientras tanto, obscurecía, nunca he estado cómodo diciendo oscurecer, no sé exactamente por qué, pero estoy cómodo con esa b exiliada por arcaica; el viento intensificaba poco a poco su velocidad y su humedad, pensé que llovería, no me preocupé, esperé a que lloviera pero nunca ocurrió, y los relámpagos comenzaron a caer quién sabe donde. Lo más hermoso que he visto. Quizá no he visto muchas cosas.
Abrí la puerta de mi casa, ahí estaba mi familia de cartón. Frente al televisor. Fingían ser felices. Inmóviles. Por un breve instante pensé que habían muerto y sus cuerpos habían quedado en esa posición. Cruce la sala sin llamar la atención de nadie. Escuchaba el cielo tronando fuerte afuera. Desde la ventana de mi cuarto observé sin parpadear cada uno de los relámpagos, diferentes todos ellos, en intensidad, tamaño, luminosidad. En mi cama, acostado sobre el caos de una cama sin hacer, mirando aún hacia la ventana, tomaba la determinación de no seguir con ese insomnio que me parecía tan injusto.
Sentí el peso de mis párpados, un peso inexplicable, pero que agradecía profundamente, no sé, pero sentía que todo se lo debía a la tormenta. La amé.
Aún seguía la tormenta eléctrica cuando cerré los ojos para siempre.
0 delirios enfermos:
Publicar un comentario