lunes, 25 de octubre de 2010

Quien cierre los ojos pierde

Siempre ganaba yo, bueno, casi siempre. Gilberto a veces se aburría y buscábamos cosas que hacer, éramos pequeños y fuera de ir al escuela, hacer algún mandado para las tías o la abuela, o terminar la tarea, teníamos mucho tiempo libre, nos gustaba dibujar y comparar dibujos, a veces dibujábamos lo mismo a ver quién lo hacía mejor, Gilberto siempre me ganaba en eso, nos divertíamos, éramos felices.
Casi no peleábamos, pero cuando sucedía, uno siempre daba su mano a torcer, generalmente él, aunque cuando yo le hacía algo, él tardaba mucho en perdonarme. Yo le decía "¡córtalas!" y él me decía que no, se ponía triste,  pero ya después lograba haciéndome algunos favores, que fuéramos amigos de nuevo, y entonces decíamos: "¡pégalas!" y hacíamos cómo que nuestros dedos se volvían a unir, realmente nunca entendimos de dónde venía aquello de "cortar", pero los demás niños lo hacían y empezamos a usarlo también, aunque como nosotros pensábamos que era.
Pero, como decía, si era yo la que le hacía algo, él tardaba mucho en perdonarme, podía pasar semanas sin dirigirme la palabra, y entonces yo me ponía triste, y me enojaba con él, le hacía alguna maldad para demostrarle que no me importaba, y entonces lo empeoraba todo, pero bueno, luego ya me daba por vencida y jugaba yo sola en el patio, y cuando él sentía que ya había sido demasiado el castigo, entonces ya, salía y empezaba a jugar conmigo, yo le seguía la corriente, volvíamos a ser amigos, todo como antes, sin rencores.
Un día estábamos en el callejón lleno de moho donde jugábamos a las canicas, o bueno, pretendíamos jugar a las canicas, ninguno de los dos sabía jugar, pero a los dos nos fascinaban las canicas, las coleccionábamos, yo le conté algo gracioso, algo de lo que me acordé en ese instante, él también se rió mucho, tanto, que comenzó a ponerse rojo y no pudo respirar de la risa, hasta que empezó a llorar un poco y me dijo que me callara porque sino se iba a "ahogar", yo me callaba porque a mí también me dolía ya la panza de tanto reír, me esperaba a que se calmara y retomara su color normal, y entonces, cuando ya parecía reponerse, repetía el chiste y le añadía algo más gracioso aún y él se botaba de la risa, hasta que mi mamá salía y me decía que se iba a morir que ya no me riera, y entonces mi mamá se contagiaba y se reía de nosotros. Cuando se ponía serio y me pedía que ya no dijera nada más, paraba, siempre tuve miedo de que se muriera de la risa.
Recuerdo un día que me preguntó si quería jugar con él, yo le dije que sí, pero que a qué, él tampoco sabía, entonces le dije que viéramos quién podía dejar de parpadear por más tiempo, me dijo que va, y empezamos, cerramos los ojos, contamos hasta tres, y los abrimos, nos miramos atentos, para que el otro no hiciera trampa, y al fin, no pudo más, yo había ganado, sonrío y se quedó pensando, luego me dijo emocionado: quien aguante más veces ¿va?, le dije que sí, y así seguimos hasta que le gané unas 14 a 5 y fuimos a comer gajitos de mandarina con yoghurt de fresa.

domingo, 10 de octubre de 2010

Tormenta eléctrica

Aún seguía la tormenta eléctrica cuando finalmente cerré los ojos.

Padecía insomnio desde hace poco más de un mes y no había signo alguno de que pudiera dormir en las noches por venir, sin embargo, ese día decidí que era suficiente.

El día entero fue un día de esos que a las personas les da por llamar “lindos” o “bellos” o bueno quizá sólo yo lo percibiera así, fue un día caluroso pero con un viento agradable y la noche trajo consigo una tormenta eléctrica muy luminosa pero no así estruendosa lo cual me pareció extraño, el sonido de los relámpagos parecía apagado por algo, como cuando alguien cubre la boca de su amante tapando sus gritos de placer.

En la escuela no había hecho mas que dar unas cuantas vueltas en el transporte interno de la universidad. Estaba muy cansado para poner atención en algo. Y no te preocupes, sí asistí a la clase que tenía, pues no requiere, para mi buena suerte, de “mucha ciencia”. Mis compañeros trataban de hacer plática pero yo no podía poner buena cara y antes de que comenzarán a indagar el por qué, me despedí cuando ya estaba a un metro de distancia de ellos con un gritito de nos vemos mañana y un movimiento breve, casi inexistente, de mi mano izquierda. No quise irme de inmediato a mi casa y fue cuando pasé mucho tiempo de ruta en ruta por el campus, sentado junto a la ventana. Vi a los chicos como yo, universitarios, felices, solos, tristes, de todo. No sentía nada en particular. Tenía sueño.

Mi mochila en la espalda pesaba demasiado, poco parecía importar que sólo trajera un par de libros, un diccionario, un par de hojas blancas dobladas en cuatro y una pluma, supongo que es por eso del insomnio. Cuando bajé de mi último paseo casi caigo al suelo. No intenté impedirlo. En unos cuantos segundos llegué a la conclusión de que estaba bien si caía y me quedaba tendido en el suelo, inmóvil, es más, lo deseaba. Ya sabes que no caí, te dije que casi lo hacía. Un chico que bajaba después de mí logró sostenerme de un brazo e impidió que cayera. Le di las gracias como mi mamá me enseñó a hacerlo, bueno de hecho mi madre nunca me enseñó decir gracias, sólo lo aprendí, se sentía bien decirlo y que te lo dijeran. Te dije que mi mamá me lo enseñó en un sentido figurado, te entiendo y te apoyo si piensas que fue un mal chiste, lo sé, no lo discutiré.

El chico se alejó no sin antes asegurarse de que todo estaba bien, se fue un poco preocupado, seguramente no me veía del todo bien. Me quedé otros minutos sentado en una banca. Pensaba en aquel chico y lo inusual que era encontrarse con personas como él. Pude sonreír. Mientras tanto, obscurecía, nunca he estado cómodo diciendo oscurecer, no sé exactamente por qué, pero estoy cómodo con esa b exiliada por arcaica; el viento intensificaba poco a poco su velocidad y su humedad, pensé que llovería, no me preocupé, esperé a que lloviera pero nunca ocurrió, y los relámpagos comenzaron a caer quién sabe donde. Lo más hermoso que he visto. Quizá no he visto muchas cosas.

Abrí la puerta de mi casa, ahí estaba mi familia de cartón. Frente al televisor. Fingían ser felices. Inmóviles. Por un breve instante pensé que habían muerto y sus cuerpos habían quedado en esa posición. Cruce la sala sin llamar la atención de nadie. Escuchaba el cielo tronando fuerte afuera. Desde la ventana de mi cuarto observé sin parpadear cada uno de los relámpagos, diferentes todos ellos, en intensidad, tamaño, luminosidad. En mi cama, acostado sobre el caos de una cama sin hacer, mirando aún hacia la ventana, tomaba la determinación de no seguir con ese insomnio que me parecía tan injusto.

Sentí el peso de mis párpados, un peso inexplicable, pero que agradecía profundamente, no sé, pero sentía que todo se lo debía a la tormenta. La amé.

Aún seguía la tormenta eléctrica cuando cerré los ojos para siempre.

martes, 5 de octubre de 2010

Abue

Mi abuela desde su cama me avienta bendiciones, padres nuestros y aves marías para donde siente que está Veracruz... a veces como que siento
eso que hacen algunas abuelas de que te mandan como lo que yo diría buenas vibras... ella lo llama bendiciones... a veces se siente...
mi abuela sólo tiene una pierna...

                                 y siempre le pregunta a mi mamá si soy feliz...



                                                                   yo le digo a mi madre que le diga que sí...